Yo soy el Buen Pastor

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martes, 31 de mayo de 2011

Reconciliación

Leyendo un lindo librito del padre Amedeo Cencini que se llama -VIVIR EN PAZ perdonados y reconciliados- me pareció interesante y que puede ayudar a varios estas páginas que transcribo. Lo hago en tres partes
La Viga en el ojo
Los llamaban whipping boy (los que reciben las bofetadas). Vivian en las cortes reales inglesas del siglo pasado. Pertenecían al séquito del heredero de la corona y tenían esta extraña misión: cuando el joven príncipe cometía una falta, eran ellos, en su lugar los castigados a latigazos: Un ritual que tenía por objeto dar a entender que la culpa en cierto modo, quedaba expiada. Prácticas de otros tiempos, absurdas por lo inhumanas que eran. Pero el otro día, en comunidad sucedió esto mismo. Por supuesto no había de por medio ningún príncipe ni hubo azotes, pero si se produjo el mismo mecanismo psicológico que impulsa inconscientemente a la persona que comete un error o constata una limitación que no quiere aceptar a  “transferir’’ la culpa y el castigo a otro. Es decir el viejo e infantil mecanismo de proyección. Es otra forma de no integrar el mal en la propia vida.

La proyección es un modo muy primitivo de liberarse d la propia culpa descargándola en los demás. Todos somos tentados, al menos alguna vez en la vida, a hacer uso de ella. Este mecanismo es responsable de multitud de problemas y dificultades de entendimiento en las familias, en las comunidades, en los grupos humanos.

¿Cuál es el origen de esta proyección del propio mal en los demás? Por una parte, el conocido miedo ancestral al propio pecado que impulsa a veces a ignorarlo. Por otra más en concreto, la falsa impresión de que se combate mejor lo que está afuera y no le atañe directamente a uno. La persona proyecta, es decir, critica, acusa, juzga y a veces condena, rechaza, desprecia… Con este proceder cree que ha reaccionado contra el mal, pero no advierte que el mal, tratado de esa manera, complica, cuando no destruye, las relaciones interpersonales y que, en definitiva, no consigue eliminarlo del todo de su vida.

El chivo expiatorio
La forma de proyección más conocida es la de atribuir inconscientemente a una persona concreta sentimientos, intenciones, comportamientos vinculados a la propia inmadurez. Por ella, el otro viene a ser como una buena pantalla o un contenedor disponible donde depositar lo negativo personal, las culpas o esas facetas del yo que el individuo no acepta o no ha conseguido integrar como propias. Una viga en el ojo le impide darse cuenta de que lo que critica en el otro es… de su propiedad y que no juzga con objetividad: ni a si mismo ni al otro.

¿ Cómo descubrir que se trata de una proyección? Existe un conjunto de signos que detecta su funcionamiento:

1)        La rigidez y la reiteración del juicio, que deja poca o ninguna esperanza a la posibilidad de cambio positivo en el otro. Parece que existe en esa apreciación la –necesidad- de que el otro sea realmente como se afirma que es y que no puede cambiar (para seguir fabricando la ilusión de que –el problema es suyo, no mío-) con la consecuente –justificación- de un comportamiento en consonancia. Es sabido, en efecto, que todos procuramos que las personas que nos son cercanas se comporten de acuerdo con la imagen que tenemos de ellas.

2)       Una mirada intolerante respecto del otro. Su mera presencia cae mal, haga lo que haga. –Me fastidia, incluso, su modo de hablar- Esa intolerancia culmina en antipatía declarada (y de alguna manera auto justificada) y en crispación más o menos manifiesta (señal de que el problema no está del todo resuelto, y el mal de ninguna manera eliminado).

3)       L a condena demasiado fácil y expeditiva, como expresión inconsciente de un deseo de estar completamente inmune y libre de mal. Se condena a las otras personas creyendo ilusamente que lo que en ellas se fustiga ya lo he derrotado y desterrado de mi. Normalmente, las condenas son, mas bien, severa, inapelables, incluso con tono profético, aunque no se expresen verbalmente.

La manifestación característica y más expresiva de esta primera forma de proyección  es el –nombramiento- de un chivo expiatorio: a un miembro de la familia, el grupo o la comunidad se le hace blanco de todas las miradas y se le acusa y se le reprochan insistentemente sus culpas y las ajenas. Puede que sea, en verdad, una persona débil que incurre en más faltas que los demás o que, quizás, a diferencia de éstos, comete un único error: sus faltas las realiza abiertamente, a la luz del día… Si llega a convertirse en el blanco de la proyección de alguno o algunos, es, en adelante y para siempre, el que se equivoca y no entiende nada, el que frena la marcha del grupo, el que por esto o aquello nunca se corrige, y al que sería mejor cambiarlo de sitio…

Es verdad que, en teoría, el chivo expiatorio puede santificarse sabiendo soportar su situación con gallardía, pero no es menos cierto que puede verse inmerso en una depresión seria o forado a reaccionar incontroladamente. Por lo tanto, es mejor que decidamos santificarnos juntos por otro camino, comenzando por aceptar cada uno su propio mal.

GRUPO EXPIATORIO E ESTILO DE VIDA
Quien descarga habitualmente e inconscientemente su negatividad en el grupo está poniendo en funcionamiento otra forma de proyección. En este caso el blanco de las proyecciones no es necesariamente una persona concreta y fija, sino un conjunto de personas, como puede ser la familia, -los demás- , la propia comunidad o ongregación, o incluso la estructura. Sin duda alguna, el mundo entero o la sociedad pueden ser también objeto de este tipo de proyección. O cualquier otro colectivo (por ejemplo, -los pecadores-) Entonces más que una técnica proyectiva ocasional estaríamos ante un estilo de vida con significación proyectiva.

Este tipo de proyección se puede manifestar de diferentes formas. Pero en general se trata de la atribución a los demás de mala intención.

Sabemos lo difícil que es determinar las verdaderas motivaciones que nos impulsan a actuar ya que con mucha frecuencia las escondemos hábilmente gracias a nuestras inconscientes tácticas defensivas. Sin embargo, estas personas se atreven sin titubeos a conocer las motivaciones del otro, por supuesto, siempre negativas. Su  –descubrimiento- , en realidad, no es fruto de laboriosos análisis, es más bien una atribución instintiva de algo propio, sólo vagamente percibido en uno mismo. En otras palabras, quien es egoísta, sobre todo si no sabe que lo es, tiende a interpretar como egoísta el comportamiento del otro.

Aquí esta el secreto de por qué a veces, estas interpretaciones resultan tan sutiles y … originales. Quien las maquina es el que las experimenta en su propia vida, es un –experto- en la materia. Su mal pensamiento acerca del otro viene a ser, entonces el desahogo, la expresión de un malestar interior, como una purificación liberadora que deja al descubierto lo que anida en su corazón. Si, como dice el refrán castellano – cree el ladrón que todos son de su condición- podemos afirmar que con frecuencia en las interpretaciones maliciosas y repetitivas de las acciones de los demás pueden esconderse las propias debilidades….

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